Lo primero que uno tiene ante los ojos, cuando mira un libro, es el título. Por eso quiero comenzar con una mención al título de este libro de Alonso Cueto. El nombre de una creación no es nunca, si es auténtico, extraño a ella. A diferencia de lo que ocurre con las personas, que reciben el suyo cuando nadie sabe como van a ser, el nombre de una obra de arte viene del interior de ella misma.
Por eso –y no estoy haciendo comparaciones sino referencias- el contenido de algunas obras -“La Divina Comedia” o “La Casa de Cartón”, “La vida es sueño” o “En busca del tiempo perdido”-, responde siempre, directa, alegórica o metafóricamente, a sus títulos. “Amores de Invierno” es un título sugestivo y exacto. Henry James, Francisco de Quevedo y Willa Cather nos abren a la puerta a la lectura de estos cuentos. La cita de James –discursiva, sesgada, conceptual- es inconfundible: solo podría ser suya. Quevedo, poeta, toca el fondo de este libro con una maravillosa alegoría. Y Willa Cather, americana y realista, lo hace, feroz, con las palabras de uno de sus personajes. Después el texto de Alonso Cueto: quince historias. No, no voy a analizarlas una a una. Pero sí quisiera señalar algunos de sus rasgos. El primero es la desdramatización de la narración. Todo vocablo no consustancial con los hechos está extirpado de esta prosa.
Cada palabra está aquí al servicio de su asunto y no al servicio de ella misma, del estilo, de la literatura o del lenguaje, modos retóricos de servir a la vanidad del autor. Alonso Cueto ha suprimido el regodeo literario. Su asunto es la vida diaria, el vacío existencial, la cotidianeidad conyugal, el apetito de dinero, el sexo, el crimen. En el cuento que da su título al volumen un actor descubre su verdad en un papel que representa no en el teatro sino en la vida real –a la inversa de los de Pirandello, que solo encuentran su realidad en la escena.
Y es así, decía Sastre, porque somos mentirosos de nacimiento, por necesidad, porque para ser en el mundo tenemos que inventarnos ser alguien ante los demás y ante nosotros mismos. Y por esa posibilidad de ser muchos –y también porque las avenidas de la creatividad son infinitas- el discurso en estas historias tiene que ser ceñido y puntual, sin que sobre nada, sin que falte nada. Esto significa una reevaluación del contenido a costa del continente, una afirmación del tema sobre el discurso, un realismo esencialista y no, como en la literatura literaria, un realismo descriptivo, formalista.
Uno de estos cuentos tiene un desenlace que estaría tentado de calificar mágico si su popularización no hubiera degradado, en América Latina, este vocablo. Y en otra historia –la última- el horror y lo banal se dan normal y juntamente, como en la vida. Alonso Cueto nos muestra aquí lo que nuestra cobardía se empeña cada día en ocultarnos: la coexistencia natural y la complementación necesaria de lo atroz y lo trivial. El despojamiento de todo énfasis o afectación –la supresión de esa retórica que solemos llamar literatura- es aquí total.
El realismo descriptivo –ese supuesto espejo que se pasea al lado de un camino- ha servido más a reflejar los prejuicios de algunos autores que la realidad del mundo. Cueto trata de suprimir ese espejo, ese juicio, ese juez. Hay, por supuesto, una elección, inseparable de la creación, y una intervención, irrenunciable para un artista. Y por esa elección Alonso Cueto reconoce la patencia de la condición humana; y su intervención consiste en someterse a ella precisamente para expresarla.
Y de este modo cumple con esa delicada operación que Michel de Montaigne llamaba, en el siglo XVI “la servidumbre voluntaria. El escándalo moral, la violencia, el sufrimiento, siendo el tema de estas páginas, no tienen en ellas un papel protagónico: son parte del ser. Hay aquí una moral estoica: la aceptación del mundo, puesto que es imposible, en lo esencial, cambiarlo. El mal es congénito en la condición humana. Pero hay también, a través de esta aparente canalización del sufrimiento o de la violencia, la asunción rigurosa de una ética creativa. Y esa ética se traduce en esta forma despojada, que no atiende a ninguna vanidad, que no rehusa, por ejemplo, el habla común, y que sobresale y es distinta precisamente porque no pretende sobresalir, porque no pretende ser distinta, porque no pretende ser original. |