Alonso Cueto, escritor, literato, articulos sobre temas peruanos, relatos, cuentos, teatro, la batalla del pasado, el tigre blanco, los vestidos de una dama, deseo de noche, amores de invierno, el vuelo de la ceniza, cinco para las nueve y otros cuentos, palido cielo, demonio del mediodia, el otro amor de diana abril, encuentro casual, grandes miradas, valses rajes y cortejos, el susurro de la mujer ballena, la hora azul
Amores de invierno
 
Amores de invierno
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(Cuento)
 
Editorial Apoyo, 1994
Editorial Planeta, 2007

Alonso Cueto nos dice en la nota que ha escrito como introducción para esta nueva edición de “Amores de invierno” (Planeta), que lo único que tienen en común los personajes de estas historias es que todos son sobrevivientes: “Para ellos”, dice el autor, “todos los días son campos de batalla de una guerra en la que han sido derrotados aunque estén obligados a seguir luchando”.

Ciertamente, al recorrer el libro nos damos cuenta que cada uno de ellos podría decir esas terribles palabras finales de la pieza “Huis Clos” (“A puerta cerrada”), de Sartre, en la que el telón cae, si mi memoria es precisa, cuando uno de los personajes femeninos, después de haberse atormentado entre ellos, por dos horas, dice: “Y bien, continuemos”… En el único relato más o menos extenso de un libro de cuentos en el que, salvo ése, todos son excepcionalmente cortos, cuento que le da nombre a todo el libro y que sin duda es el más notable del conjunto, en la historia, el personaje central es un actor fracasado que es inducido por su ex pareja a llevar a cabo un plan para que el actor seduzca a una rica y fea solterona y obtenga de ella una suma importante de dinero que luego dividirán. No pude, al leer este cuento, impedirme de recordar ese viejo y maravilloso film de Rosellini, que se llama

“El General Della Rovere”, en que un astuto sinvergüenza se pone de acuerdo con unos oficiales nazis en la Italia ocupada, para hacerse pasar, en una prisión, por un héroe de la Resistencia de ese nombre, para extraer información de los otros prisioneros. El falso general Della Rovere, como el Paco de “Amores de Invierno” de Cueto, se involucra de tal manera en la historia que finalmente es fusilado. Del mismo modo Paco, si bien por razones menos respetables, se transforma para su papel de seductor enamorado y realiza la más grande actuación de su carrera de actor. Al final, uno tiene la impresión de que éstas son historias planteadas para describir secamente y con tintas cargadas la vida de un segmento enorme de la población en un mundo cada vez más empujado a la soledad, a la mediocridad, a buscar o mejor dicho a soñar con soluciones a corto plazo. Los personajes se ponen metas cercanas, ni siquiera ambiciosas, pero ni aún así pueden alcanzarlas. No hay en ellos una búsqueda real de la felicidad sino el deseo de llegar a pequeñas satisfacciones.

No hay sino gentes desesperadas, sin alegría, aplastadas por las circunstancias, frustradas por su fracaso y terminando en cada caso en una violencia que incluye suicidios, asesinatos y todo ello realizado y descrito con una gran frialdad. Ninguno de los personajes se conmueve o arrepiente y el autor nos lo deja saber sin comprometerse ni juzgar. Quizás la única historia de amor está en el cuento “El Detective”. Una mujer contrata a un detective porque sospecha que su esposo le es infiel, le da todos los datos para que lo siga. El detective descubre que la amante de su cliente es su propia mujer. Se da cuenta de que lo ha contratado para enterarlo.

El final es inesperado. Carlos Rodríguez Saavedra, en la crítica que publicó cuando apareció la primera edición en 1994, decía con su habitual lucidez y percepción que el escándalo moral, la violencia, el sufrimiento, siendo el tema de estas páginas, no tiene en ellas un papel protagónico. Son parte ordinaria de la existencia, son parte del ser. Hay aquí una moral estoica: la aceptación del mundo puesto que es imposible, en lo esencial, cambiarlo. Volviendo a la nota de introducción de Alonso Cueto para esta edición, en que nos dice que este conjunto de personajes son sobrevivientes, que para ellos todos los días son campos de batalla y que saben que han sido derrotados, yo me atrevería a ir un poco más allá.

No solamente esta gente solitaria, desesperada y mediocre ha sido derrotada. Me atrevo a decir que en esta batalla de la vida todos somos derrotados porque como decía Valery, “vivir está penado de muerte”. Y esta noticia nos persigue y perseguirá cada uno de nuestros días, aunque a veces circunstancias e ilusiones nos haga parecer que lo ignoramos. Un buen epígrafe para este dramático libro de cuentos sería esa línea del Conde de Lautréamont en que nos dice: “He visto a los hombres de espaldas estrechas realizar sus actos inútiles”.

Amores de Invierno
Fernando de Szyszlo
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Alonso Cueto Caballero
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