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“Me parece que limitar los escenarios a la acción – a aquellos donde haya una gran cantidad de hechos físicos- es renunciar a eso que nos puede dar la literatura: las sutilezas, las omisiones, el complejo mundo que puede generarse en la mente de una persona. Hacer aparecer esto que ocurre en la mente, conectarlo con coincidencias intrascendentes pero exactas, permitir que el misterio vaya encontrando su camino de un modo silencioso y tal vez rutinario, esto me parece hacer que pasen muchas cosas, más de las que pasan en una obra con mil crímenes. Tal vez podamos hablar de esto pronto”.
Estas palabras están en una carta que me envió desde los Estados Unidos, hace casi un año, Alonso Cueto. Ahora está residiendo en Lima y nos hemos visto algunas veces pero nunca hemos hablado del tema. Quizás no era necesario.
Alfaguara, la editorial de Madrid, acaba de publicar su primer libro de cuentos: “La Batalla del Pasado”. La primera impresión del lector ordinario –soy uno de ellos- es la que en ninguno de estos cuentos el asunto, el enfoque, o el lenguaje aparecen ornados de lo que académica o vulgarmente se llaman literatura. Tampoco han caído –asuntos, concepto, lenguaje- en la tentación contraria: el juego verbal o la violencia realista, o la suma de ambos. Estas historias no están destinadas a divertir, a sorprender o a sobresaltar al lector. Su propósito se inscribe en la línea de estos escritores –Hawthorne, Melville, Chéjov- que muestran fragmentos del mundo exterior como puntos ahondables de la realidad posible.
En “La batalla del pasado” llama la atención, primero, la extrema naturalidad de la frase de la que se ha desvanecido –quizás mediante un duro trabajo invisible- toda huella del taller, del quehacer literario, de la literatura. Pero, sobre todo, el dopaje exacto de discreción y de insinuaciones, de control y de sugerencias, con que este lenguaje trata la materia misma de cada historia –que es su verdadero contenido, no explícito- y alrededor de la cual se desenvuelve el discurso. Exenta de pasión, precisa en los detalles, ajena al énfasis e imperturbable en el tono, la narración transparenta la dimensión plural e indefinible de la realidad. A lo largo de cada una de las historias el lenguaje y su modo mantienen, además, una tesitura ambigua entre la intimidad y la indiferencia.
De allí que las actitudes, los gestos, las miradas y el tono en que se dicen las palabras sean en estos cuentos más significativos que las mismas palabras –siempre inductivas, jamás conclusivas- de los diálogos.
De lo que hemos acordado llamar realidad sólo poseemos segmentos que, en la vida cotidiana, canjeamos como monedas para entendernos con nuestros semejantes. Sólo a través de raras obras de arte podemos percibir, con asombro, la insondable realidad del encaje. Pero ésta no es, tampoco, una convicción expresada por Alonso Cueto, demasiado inteligente para adherir a cualquier tesis. El joven autor de “La batalla del pasado” sabe que la literatura es una construcción verbal que, además de encantarnos con su poder de sustituir al mundo –la literatura es una magia- nos permite atisbar también, a través de esa materia traslúcida que es la palabra, el fondo sin fondo del ser. |