Juan Ramón Jiménez afirmaba que el cuento es la forma propia en que los latinoamericanos se expresan; decía que la novela requiere paciencia y energía y que el latinoamericano es improvisador, vehemente y veloz. El cuento, sin embargo, es un modo típico de expresión de ingleses y norteamericanos y éstos no pecan por vehemencia, con excepción de Edgar Allan Poe.
En los últimos tiempos, el cuento ha sufrido una evolución sorprendente; ha pasado de los relatos más o menos ilógicos a los de un desenlace inesperado, fulgurante y veloz como un vago recuerdo que Juan Bosch, el ex presidente dominicano y gran cuentista, me observaba: la necesidad de los finales inesperados para valorar un cuento.
De todo esto me he estado acordando al leer el libro de Alonso Cueto: La Batalla del Pasado. Los tres primeros cuentos son de un corte impecable con pequeños defectos sintácticos, pero de intensidad increíble. Me han hecho pensar en aquellos inolvidables de Lord Dunsany que leí hace cincuenta años, y desde luego en los de Kafka, Rilke, Anderson, Borges y Quiroga.
En el Perú ha habido buen números de estupendos cuentistas, desde Garcilaso Inca hasta los recientes Clemente Palma, Beingolea, Valdelomar, Bryce y Ribeyro. No cito enunciando, sino simplemente evocando impresiones. Las que me dejan los cuentos de Alonso Cueto me hacen sospechar que nos hallamos ante un cuentista de gran porvenir.
Alonso Cueto posee una sólida formación cultural. Su padre, Carlos Cueto Fernandini, fue un insigne profesor de Filosofía y Lingüística y se mantuvo, hasta que la muerte lo arrebató antes de tiempo, en un permanente estado de vigilia respecto a la Literatura y la Filosofía. Alonso es fruto de un hogar enaltecido por un permanente temple espiritual, su imaginación se nutre por igual de sueños, invocaciones y lecturas, todo ello amalgamado en creadoras fantasías.
Me propongo volver sobre el tema y el autor. No quisiera perder un día en invitar al lector a saborear las imprevisibles narraciones de Alonso Cueto en su libro La Batalla del Pasado.