Me temo que, pese a haber sido publicado en España bajo un sello prestigioso, La Batalla del Pasado (1), de Alonso Cueto, habrá pasado bastante desapercibido aquí y allá. No sólo porque aparece en una colección que nadie en el Perú conoce, confundido entre jóvenes autores españoles, sino porque el mundo imaginario de Cueto parece completamente alejado de las urgentes preocupaciones habituales en los escritores que se inician hoy. Sus cuentos tienen un registro intelectual y literario, una especie de filosófica serenidad que esperamos hallar en autores de mayor edad. Pero ese tono no es algo artificial o forzado sobre los relatos: les da el perfil que les conviene, los hace verosímiles aunque sean distantes. Configuran un mundo que es coherente y sugestivo. Es injusto no hablar de él.
Cueto tiene apenas más de 30 años. Estudió Literatura en la Universidad Católica: creo haberlo conocido de antes, pero lo traté entonces y descubrí que era un apasionado consumidor de literatura, un joven serio y reconcentrado. En 1977 ganó una bolsa de estudios para España e hizo la vida típica del becario extranjero: muchas aventuras, muchos trabajos ocasionales y poco dinero. Dos años después continuó sus estudios de literatura en Austin, Texas, donde también fue profesor auxiliar y donde se graduó el año pasado con una tesis sobre la poesía de Emilio Adolfo Westphalen. Esas son las experiencias peruanas (“La sombra de una duda”, “Los muertos”, “La emboscada”), donde la realidad local es meramente un trasfondo neutral, cuya función no es esencialmente distinta a la que cumplen sus ambientes extranjeros (España, Austin, Berkeley).
La realidad objetiva, reconocible como tal, sólo es un débil estímulo para el autor de este libro: lo que le interesa está más adentro:
el ámbito sutil de las relaciones humanas, los secretos y vergüenzas de la vida familiar, los recovecos de la memoria, los placeres de la vida intelectual y del amor. Hay pasiones intensas en sus cuentos, pero nunca se nos aparecen directas o desnudas; están veladas por una cautelosa reflexión que ilumina en ellas facetas imprevistas, pero que al mismo tiempo las disuelve en un clima de irrealidad. Podría definirse este libro con el título famoso de otro: La educación sentimental. Los sentimientos están sujetos a control, domesticados por el decoro y las puntillosas reglas de hogares tradicionales que difícilmente soportal el escándalo de la verdad.
Aquí se habla razonablemente y en voz baja, precisamente porque los conflictos pueden echar abajo ese mundo autoprotegido y regulado por el hábito. La casa es un motivo importante en estos cuentos y representa un tipo de orden o estabilidad contra los embates de algo vago pero inquietante: el oscuro retorno del pasado, la seducción del pecado o la aventura, la tentación del mal.
“Encuentro con Alina”, para mí el mejor relato del conjunto, da una buena idea del tono general del libro, aunque es difícil hablar de él: su sustancia no reside en la intriga (sin duda, notablemente tejida), sino en las delicadas implicaciones y conexiones que sugiere la historia. Como en varios otros cuentos, la situación se desencadena a partir de un viaje, que separa a los miembros de una familia burguesa y que introduce un elemento extraño en su rutina. En este caso, los que se alejan, con destinos distintos, son dos jóvenes hermanos, Alina y Vicente; el narrador en tercera persona adopta un punto de vista cercano al de éste. Después de viajar por Europa y Estados Unidos, ambos se reencuentran, once años después, en Austin, donde ella ahora vive, casada con un profesor. Una noche, durante su corta visita, Vicente oye el llanto de su hermana.
Ese llanto quiere decirle algo terrible, pero ¿qué? Vicente apenas puede intuirlo: “Desde esos labios incansables a Vicente le parecía estar asistiendo al quejido de una lejana catástrofe. Sabía que una historia secreta, aquella parte de Alina que le había sido negada por los años y la separación se escondía en el fondo remoto de ese llanto. Él se había aproximado unos minutos a la verdad de esa existencia escamoteada, había entrevisto el lado oscuro y penoso de la vida” (pp. 65-66). La conversación que sostiene no aclara el enigma, pues ninguno logra romper el sello de incomunicación que los aísla: “Vicente sentía que, en ambos, detrás de las preguntas rutinarias y los saludos, se escondía un desordenado deseo por establecer una intimidad que los acercara de veras, que superara esa débil cortesía por la que vagaban temerosamente” (p. 62). La visita concluye y cada uno retoma su vida normal. Pero la de Vicente ya no parece volver a ser la misma: lejos de ella, cree escuchar otra vez el llanto de Alina y sospecha que “quizá, durante las dos noches anteriores, ella también lo había escuchado a él con sus lágrimas y sollozos” (p. 66). Un extraño puente de comunicación se ha establecido, o tal vez sea sólo la imaginación de Vicente, o acaso ambos lloran algo irremediablemente perdido y que temen confesarse. Este descenso a las zonas más oscuras de la conciencia, este hurgar los entresijos de la psicología humana para tratar de descubrir lo que hay en los pequeños gestos, silencios y palabras, es un arte que convierte a la narración en un terreno minado, en el que las significaciones cambian sin cesar, modificadas por otras o por la interpretación a la que se someten. La morosa delectación en el examen de los actos y las relaciones –que otorga a cada detalle un sentido que excede las circunstancias en que aparece- nos recuerda de inmediato el mundo narrativo de Henry James y, en general, la novela victoriana de misterio (Wilkie Collins y otros). Este tipo de narración hace de cada lector un detective al mismo tiempo que un esteta, atento al estudio de una acción que tiende a ser elíptica y engañosamente simple, pero que oculta, más allá de su pulcra descripción de maneras respetables, un trasmundo de emociones y presencias vagamente morbosas y aun diabólicas. Con estos maestros ilustres de la novela moderna, Cueto parece compartir una visión escéptica de la realidad, pues su aprehensión es siempre dudosa y sólo se nos da en momentos de revelación privilegiados. Todo está filtrado por conciencias que se interponen en lo narrado y nos impiden acceder objetivamente a la totalidad del proceso.
El libro contiene 15 cuentos (por error, “La corona” no figura en el índice). Por lo menos 5 de ellos son narraciones muy bien realizadas. “La venganza de Gerd” cuenta, en un ambiente cosmopolita (Atenas, Sitges, Estambul), una historia de amor con un epílogo inesperado: el reencuentro con alguien que podría ser la hija del narrador; que ese episodio se produzca justo cuando él está leyendo Washington Square de James (p.15), es revelador. En “La sombra de una duda” hay un elemento adicional: la ficción teatral funcionando como una forma de vida vicaria, que permite a los personajes expresar lo que de otro modo no se atreverían a reconocer: un oscuro deseo de venganza que puede llevar al crimen. En “Los muertos” aparece otra vez el tema del amor como posesión maligna que destruye a una persona, frente a la devoción que enmascaran los celos –quizá inmotivados- entre dos hermanos. Esta devoción vence sobre aquella pasión amorosa, pero corrompe también –introduciendo un elemento de “calculado mal”- en la familia. Victoria, que trata de salvara su hermano Jaime de la influencia de Beatriz, le dice algo sobre el amor que reverbera como un mensaje cifrado: “Toda relación es una relación de dependencia. Únicamente la soledad te puede proteger en algo de la esclavitud. Todo vínculo de amor es un vínculo de destrucción, un vínculo de muerte” (p. 39). Aunque muy distintos por sus fábulas, “La familia” y “El frío” tocan el mismo tema: la memora
recobrando una historia y tratando de sobrevivir sus consecuencias. En el primero hay reiteradas menciones al extraño “humo” que empaña la atmósfera y que separa a los personajes con “una especie de lástima impersonal que no tenía nada que ver con nosotros” (p. 88); en el segundo una viuda resuelve conservar la memoria de su esposo, sustituyendo su propia vida por una ceremonia, en la que luego otro personaje descubre una traición conyugal.
Las otras narraciones son de menor interés. Particularmente, la que da título al libro y que parece la pieza más importante, resulta la más artificiosa y la menos convincente por algunas coincidencias excesivas de la historia. Ambos defectos son ajenos al resto del volumen, cuyo valor literario está precisamente en que, siendo el influjo jamesiano evidente y declarado, no interfiere en absoluto con la coherencia del mundo imaginario tal como ha sido diseñado. La literatura es un juego infinito de influjos, versiones y distorsiones de lo ya escrito. Pero así como hay modelos que seducen por pretensión intelectual, mera imitación u otras razones triviales, hay otros que son asimilados y convertidos en ago propio por una sensibilidad afín. Ese es el caso de Alonso Cueto. No es frecuente encontrar un primer libro como el suyo: rico en imágenes, diestro en el manejo de atmósferas y situaciones narrativas, impecablemente bien escrito. Lo mejor que se puede decir de La Batalla del Pasado es que su autor ofrece mucho, pero que promete todavía más. Alonso Cueto es un nuevo narrador a cuya obra futura habrá que estar muy atentos. |