El novelista es arquitecto que diseña el edificio y obrero que lo construye. La destreza en ambos oficios es la única arma que tiene el Arte literario. En ese Arte no cuentan las buenas intenciones ni los “valores agregados” que alimentan al autor y hacen interesante su obra. Es indudable que un escritor con la trayectoria y la cantidad de libros publicados como Alonso Cueto, tiene un oficio ganado. Pero su Arte debe probarse en cada nuevo libro, como si fuera el primero, como un renacimiento, como una subversión contra sí mismo, contra aquel oficio adquirido y esa trayectoria.
Alonso Cueto fue un adelantado dentro de la promoción de los 80, a la que pertenece. Adiestrado por la literatura norteamericana, de la que es admirador, usó tempranamente los recursos minimalistas y los silencios narrativos que en la actualidad seducen a los autores más jóvenes. Junto a otros miembros eminentes de su promoción, como Fernando Ampuero y Guillermo Niño de Guzmán, propuso una literatura que desconfiaba de la realidad y no buscaba dar respuestas, rechazando la ambición totalizante por una nueva ambición: la de contar una buena historia.
Desde luego, la crítica literaria de entonces se vio sorprendida por esa nueva manera de entender la literatura y la subestimó como menor; pero los autores estaban más interesados en domar el potro artístico que les tocó en suerte que en agradar a los críticos y atender a sus necesidades. Aquella insistencia originó en Alonso Cueto varios aciertos (como el inolvidables libro de cuentos La batalla del pasado), pero también un peligroso equilibrio en los años 90, equilibrio que amenazaba con trivializar su obra si perduraba.
Demonio del mediodía ha roto definitivamente ese equilibrio. Novela extensa y cargada de resonancias y artificios, muestra una ambición literaria (no temática ni social) poco usual en la narrativa peruana. La novela se esconde detrás de dos máscaras: la de un fresco social de los años 80 hasta nuestros días, y la de una historia de amor imposible y de seducción laboral en un estudio de abogados. Tan simple como la historia de un joven abogado provinciano, de clase baja, enamorado de una muchacha bonita de clase media, a la vez enamorada de un Doctor eminente, futuro congresista y todopoderoso donjuán.
Pero esto no es sino la fachada detrás de la cual se esconde el tema impactante, agobiante, del rencor y la envidia. A diferencia de los demonios nocturnos, ocultos y siniestros, los del mediodía, como la envidia, brillan bajo la luz del sol y parecen inofensivos frente a los nocturnos, pero son igual de dañinos o peores. Acosados por esos demonios, los protagonistas de Demonio del mediodía se arrojan contra la pared, aman y se encaprichan, incapaces de aceptar que el mundo no es como ellos quisieran que fuese.
Pero la mayor diferencia entre los demonios nocturnos es que los del mediodía no dejan fiebre en los poseídos, sino una tenaz melancolía. En ese sentido, el fresco social que sustenta la novela no es una veleidad ni un intento de “cumplir” con la cuota de “realidad”; es una urgencia para resaltar el drama vivido por los protagonistas y explica, en gran forma, una artista poco retratada literariamente sobre un tema como, por ejemplo, el terrorismo. Aquí el demonio personal se impone con naturalidad y verosimilitud al histórico. Y es que una bomba es un escándalo, una tragedia, pero no puede compararse al abismo interior en que se deslizan aquellos que se sienten infelices.
Pero el principal acierto de la novela está en la arquitectura. Alonso Cueto ha adquirido una destreza sorprendente, no sólo técnica, en la construcción novelística. Las voces de los tres protagonistas cambian y se interpolan, y cada una cuenta un pedazo de la historia en organizado coro. Los capítulos se extienden por varias páginas o son sólo un párrafo. Los momentos líricos se entrelazan con los diálogos más puntuales. Las reflexiones nunca estorban: pasan aparentemente desapercibidas pero luego asaltan al lector con total contundencia.
La dosificación de la trama y el suspenso, por otra parte, tiene la perfección de un artefacto de relojería. La trama, en apariencia deducible, tiene unos giros imprevistos que obligan a una lectura sometida. Hay una tensión difícil de definir, que induce a leer la novela no porque divierte sino porque no puede soltarse. El tiempo también juega un papel en esta arquitectura precisa. Es a dos tiempos: mientras los sucesos sociales pasan con velocidad y tienen giros espectaculares, los personales parecen casi inalterables aunque con cambios sutiles. Al final de la novela, el epílogo encuentra los protagonistas envejecidos, abandonados ya por el demonio del mediodía, agotados y sumidos en la miseria profunda de, ahora sí, ser sólo parte del fresco social y no individuos devorados por el entorno o devueltos al contexto del que la mano del narrador los sacó para representar a la humanidad.
Suele decirse, al finalizar las reseñas, que los autores han alcanzado su “madurez” expresiva después de haber escrito una obra interesante. En el caso de Cueto, eso no es correcto. Él ha alcanzado, más bien, una suerte de adolescencia narrativa, una segunda juventud, llena de posibilidades y promesas, de desafíos y asombros, de temores, dudas y frustraciones seguramente, pero también de espléndidos triunfos como el alcanzado en Demonio del mediodía.
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