No soy un asiduo lector del género denominado “novela negra” ni tengo que suponer que Deseo de Noche corresponde necesariamente a ese género. Tampoco tengo por el argumento o trama de la novela un interés especial aunque reconozco, por conversaciones con narradores amigos, que una de las limitaciones de nuestros novelistas ha sido su desinterés por contar una historia, por querer contar algo, por cautivar al lector con aquello que podría suceder en la página siguiente.
La última novela de Alonso Cueto no se circunscribe totalmente a ese tipo de novela que, curiosamente, a pesar de ser llamada por su propio autor policial, alterna ese toque policiaco con la descripción a la manera del cine italiano de la sociedad limeña: pinceladas agudas del ambiente familiar, presencia de esas mamás y hermanas tan clásicas en las experiencias de la clase media, esa rutina poco heroica de ganarse el sustento, como puede ser la de enseñar literatura en un colegio, y tener un amigo tan banal como lo es Carbajal, por ejemplo.
Deseo de noche podría ser –sin arriesgarnos a ninguna interpretación psicoanalítica- una conversación entre el día y la noche, entre lo convencional y la aventura, entre la normalidad y lo desconcertante. Parte de la novela transcurre entre horas diurnas, en aquellas horas en las que realmente nada merece ser recordado y todo parece dirigirse al más absoluto absurdo por lo anodino: las horas de clase, las conversaciones –entre menús van y menús viene- con Carbajal, las visitas a la casa de su madre, los almuerzos dominicales con su hermana y cuñado; esa vida que llevada a las páginas de una novela se convierten en un excelente testimonio social de la cotidianidad (documento, fresco) y que le sirve a Alonso Cueto de telón de fondo y de pretexto para lanzarse a los brazos de la noche. Esas horas del día le deben mucho a esas tardes de Luis Loayza. Pero la noche, la gran noche, puede ser lo opuesto al día o una faceta oscura o tierna, ligera o compleja; la Laura de Deseo de noche tiene ya su sitio entre nosotros, a pesar de que se aburguesa en las páginas finales –cierto que Laura siempre fue una excelente burguesa- esa burguesa de nuestra juventud con quien nos hubiera encantado tropezar en sus salidas de noche, irremediables, desconcertantes, desnudas. Las mujeres acompañan la vida del hombre, de su personaje y lo moldean como el mar a las rocas: allí están su madre y su hermana, la novia de Carbajal y Laura, Laura y su hermana, la historia, la novela de Alonso Cueto.