Tres novelas breves se reúnen en el libro. El otro amor de Diana Abril, novela que abre el conjunto y le da título, es una historia de intriga. Una pareja de jóvenes de clase alta salen de luna de miel, convencidos de la felicidad que les espera. Pero las ensoñaciones de la reciente esposa se ven interrumpidas por la llamada de su madre, quien le anuncia que su esposo no está bien de la cabeza, toma medicamentos para la depresión y suele violentarse. El abrazo feliz que el marido enamorado le da a su esposa luego de la llamada le resulta a ésta, dolorosamente, un poco brusco. Ese comienzo, que nos remite inevitablemente a Un buen día para la pesca del pez plátano de JD Salinger, se ve abruptamente interrumpido por las reflexiones de Verónica, madre soltera de 22 años y redactora de chismes del espectáculo en una revista, quien escribe un diario lleno de frustraciones sentimentales.
Verónica es, lo sabemos de inmediato, que la autora de la novela El otro amor de Diana Abril, y los hilos fantasmales que unen la ficción de la realidad, y al autor de sus personajes, empiezan a hacérsenos visibles. La soledad de Verónica, la sensación de fracaso, se ve resuelta en la intriga y los temores de Diana. Verónica se siente una ninguna, poca cosas, y por ello, como un dios macabro, hace sufrir a la perfecta y valiente Diana.
Al final, mientras la historia contada va dando giros imprevistos incluso para la autora, la vida de Diana se escurre por el lavadero de la mediocridad cotidiana. La mediocridad cotidiana es el tema, también, de Dalia y los perros, la segunda novela. Pero fiel al epígrafe de Blanca Varela (El dolor es una maravillosa cerradura), todo lo que era luz y visibilidad en la obra anterior aquí se convierte en silencio, secreto y murmullos.
Un soltero, que trabaja en un diario, pero en realidad vive de la pensión dejada por sus padres, cuenta la historia de su vida… “la de una tipo cualquiera” como dice.
Sus días terminan siempre en el Whisky Jazz de Miraflores, donde se aburre con un trago. Y ahí es que conoce a Dalia, una mujer extraña a la que invita a cenar y consigue que ella lo invite a pasar la noche en su casa.
Al día siguiente, intenta salir y le resulta imposible. Dalia lo ha secuestrado y para ello se vale de sus perros. A partir de ese momento, la historia se vuelve confusa, incomprensible. Las preguntas se hacen, pero las respuestas no llegan o no son suficientemente claras. Finalmente, el mejor relato del conjunto, escrita con una prosa impecable, es el llamado “Lágrimas artificiales” donde u hombre, un ganador en la vida, pierde a su mujer, a quien amaba, pero no por ello dejaba de tener otras relaciones. La muerte lo trastoca todo, pierde el rumbo –incluso ese falso rumbo que él creía tener- y termina cuestionándose por su vida.
La visita a un tipo, el amante de su mujer, es reveladora. Esas son las tres historias, en cada una de ellas late la idea de que la epidermis de lo cotidiano esconde una serie de sorpresas e historias extraordinarias que, tarde o temprano, terminan desnudando la fragilidad de nuestras convenciones. En todas se descubre que para Cueto el narrador, pues, es un fabulador de la realidad. Un flautista de Hammelin, pero el sonido que atrae a los lectores no es el de una música exótica o ajena, sino el sutil de la cotidianidad asaltada y puesta al descubierto |