Alonso Cueto, escritor, literato, articulos sobre temas peruanos, relatos, cuentos, teatro, la batalla del pasado, el tigre blanco, los vestidos de una dama, deseo de noche, amores de invierno, el vuelo de la ceniza, cinco para las nueve y otros cuentos, palido cielo, demonio del mediodia, el otro amor de diana abril, encuentro casual, grandes miradas, valses rajes y cortejos, el susurro de la mujer ballena, la hora azul
Grandes Miradas
 
Grandes Miradas
(Novela)
 
Editorial Peisa, 2003
Editorial Anagrama, 2005
 

Llevaba varias horas sentado en el cómodo sillón de cuero en el que leo siempre y me estaba devorando Grandes miradas (Editorial PEISA), la última y estupenda novela publicada por Alonso Cueto, cuando empecé a notar que algo empezaba a incomodarme; algo muy especial, algo que parecía emanar de la lectura misma del libro, como si el tufo de corrupción y de criminalidad que recorre siniestramente sus páginas empezara a hervir y a empañarme los anteojos con su fétido vapor y a molestarme en los oídos con su creciente y maloliente murmullo de repugnante delación. Cuanto más leía, más fuertemente me iba apoyando en el espaldar de aquel cómodo sillón y más tenso y a la defensiva me iba poniendo, como si a medida que pasaba las páginas del libro algo me obligara a huir, a esconderme, a desaparecer de aquella atmósfera siniestra que con sus vicios y complejos y enanos delirios de grandeza van segregando los personajes centrales de la acción. La verdad es que estaba cada vez más incómodo, más tenso. ¿Cuánto podía durar esta sensación? ¿A qué se debía? No tenía respuestas. Tampoco quería tenerlas. El placer de mi lectura era lo suficientemente grande. Terminaría con tan extraña sensación.

Francamente creo que Grandes miradas acierta desde el primer momento, al escoger el tratamiento policial como el único capaz de darnos cumplida y eficaz cuenta literaria de las páginas inmundas que escribieron Fujimori y Montesinos en la pasada década. Sus "grandes miradas" son de tan corto alcance que al final ambos se nos aparecen como un par de vanidosos peleles incapaces de nadar en el muladar de sus actos y de sobrevivir a

sus oscuros complejos. Una vergonzante fuga es su única salida del lodazal de soplones y cobardes y vendidos que construyeron con mentiras y miedos y chantajes.

Es muy impresionante comprobar la manera con que los cambios de puntos de vista y los saltos temporales contribuyen a una formidable economía de medios y cómo también la solidez casi parca de un estilo siempre sobrio se va apoderando de la novela a medida que ésta avanza

La dosificación de los materiales intensifica la sensación de universo cerrado, claustrofóbico, sin salida, la atmósfera de ciudad capturada por el crimen en la que se mueven los personajes y la intriga se abre hacia muchos desenlaces posibles, deseables, no deseables. Todas y cada una de estas virtudes literarias saltaban a la vista en cada página que leía, pero el agobio que se iba apoderando de mí era cada vez mayor y también el absurdo y nocturno rumor que parecía apoderarse del salón. La verdad, parecía que Fujimori y su carnal Montesinos -con la peinada esa de peluquero de pueblo de la que tanto se ocupa en la novela: hay momentos en que parece que al doctor Vladi se le fuera a la vida entre peinarse or not to be y entre grabar otro video or not to be, tampoco- iban a entrar proyectados por el amplio balcón, vomitados por su propio historial y nada menos que sobre mi flamante alfombra de colores claros. Pero, en fin, había que leer, había que perseverar, había que sobrevivir a la atmósfera casi de dictadura que se iba apoderando de mi salón, que me aplastaba, se apoderaba también de mí.

Lo policial como solución histórica colectiva o individual y el empecinamiento de unos ganadores que nada ganan en aquel mundo de moral ensuciada: son éstos los turbios datos con los que avanzará la lectura paralelamente a la aventura de Guido, primero, de Gabriela, después, y de los demás personajes que cruzan su destino con ellos. El retrato puntillista y a la vez general de Montesinos es tan eficaz como lo son las pinceladas sutiles con que Fujimori sale de la pequeña miseria sólo para convertirse casi imperceptiblemente en un fugitivo de su propia cárcel moral.

Lo malo, claro, es que tal como iban las cosas, ambos personajes no tardaban en aterrizar sobre mi alfombra. Si no, ¿a qué podía deberse ese rumor y esa especie de furia que me llegaban por los amplios cristales del balcón que tenía a mi espalda? No, no era nada cómodo leer en esas circunstancias, pero Grandes miradas se había apoderado de mí, yo sobreviviría para leerla hasta el fin. E incluso hasta que Montesinos, alias "El Peinado", y Fujimori, alias Sinverponja, cumplieran con sus respectivas condenas literarias

Tal vez esté aquí la mayor eficacia de la novela: en este cruzarse de destinos individuales de quienes pasarán indefectiblemente por los mismos caminos con muy diferentes miradas e intenciones. Una excelente novela sobre la ambición y el poder, sin duda alguna, pero nadie que la lea se sentirá atraído por lo que con la ambición corta y el efímero poder supieron y lograron hacer dos seres a los que la palabra historia les quedó siempre grande y cuyos delirios de grandeza de baja estofa no sobrepasaron jamás la frontera de un infiernillo delincuencial

Eran las once de la noche en el salón ruidoso de mi casa y no pude más. No podía seguir sentado. Ese rumor cada vez más intenso que se me venía encima. Era como tener una muchedumbre en la nuca. Me incorporé. ¿Qué pasaba? ¿Por qué ese rumor cada vez más intenso y fuerte? Abrí la cortina. Me asomé. ¡Diablos! Lo recordé todo. Ya caía en la cuenta.

Aquel rumor. Aquel ruido de voces cada vez más intenso. Aquella manifestación que, según avanzaba mi lectura de Grandes miradas, muy bien podía venir del interior mismo de la novela, de su contenido, de su atmósfera. Fujimori y Montesinos habían sido descubiertos. Ambos preparaban su fuga. Abajo, en la calle, una manifestación clamaba contra la dictadura y la corrupción. Montesinos se peinaba por última vez en las oficinas del Servicio Nacional de Inteligencia mientras Fujimori buscaba su otro pasaporte. La novela de Alonso Cueto como un extraordinario punto de confluencia entre realidad y ficción. Y abajo, en las calles que alcanza a ver mi mirada, decenas de miles de personas aplaudían y saludaban el paso de la Cabalgata de Reyes por las calles de Barcelona. Lo había visto anunciado en el portal del edificio en que vivo. Mañana era 6 de enero. Se acercaba ya la medianoche del día 5.

¡Qué tal despiste el mío! Dice un proverbio chino que: "Es preferible soportar el gélido viento de las estepas que sentir en la nuca el cálido aliento de un elefante" Pues nada menos que una muchedumbre entera había tenido yo que soportar sobre la nuca, aquella noche, pero por nada había querido soltar aquel libro.

Recogí la espléndida novela que acababa de leer. Una estupenda historia policial acerca de la fugacidad del poder y lo rápido que éste puede corromper paralelamente al enceguecimiento de sus actores. Y cómo Fujimori y Montesinos sólo conocieron la luz para caer de ella al abismo de sus pequeñas tinieblas personales, sin grandeza y sin tragedia: a lo más como las dos caras de una misma moneda que además resultó falsa. Un gran goce literario, como siempre con las novelas y los cuentos de Alonso Cueto. Aunque esta vez la eficacia de la escritura ha encajado como nunca, creo yo, con la sordidez de un mundo y unos destinos que aún asoman por las esquinas de nuestro querido país.

Una muchedumbre en la nuca
Alfredo Bryce Echenique
Suplemento Dominical
Diario El Comercio
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Alonso Cueto Caballero
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Rossy Muñoz F.
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