Presentes en la vida, presentes en todas las literaturas, incluso las teñidas por el máximo racionalismo, los brujos no han dejado de existir jamás como personajes reales. La tragedia haitiana se extiende por los siglos como si el tiempo se hubiera detenido en el aire de la selva africana, hace ya muchos años. Pero en nuestros mundos cercanos, siniestros cada vez que la brujería tiñe de pavores la vida cotidiana, el terror se disfraza de poder religioso y los chamanes se adueñan del alma colectiva. Argentina, sin ir más lejos, y Perú, en este mismo lado del espejo: López Rega.
La biografía, escrita por Marcelo Larraquy, da cuenta de las espeluznantes brujerías y el terrorismo del secretario de Perón, uno de los fundadores y cultivadores de la Triple A, con sus conexiones con Lucio Gelli y la logia P2; Grandes miradas, la novela del novelista peruano Alonso Cueto, descubre y describe la vida, milagrerías, negocios y crímenes del reino de Fujimori y Montesinos, la gran pareja. No hablamos de hace siglos, sino de la semana pasada, en el Buenos Aires cosmopolita y universal, en la Lima de fines del milenio (horrible, la nombró con hipérbole, algunos años antes y amándola con pasión, Sebastián Salazar Bondy). No hablamos del vudú, del animismo más primitivo ni de las llamadas –no siempre con rigor– religiones sincréticas.
Hablamos del poder bastardo y totalitario que adquieren determinados personajes mediocres para encaramarse a la cumbre de todos los manejos, vidas y haciendas, hasta humillar a los ciudadanos, robarles la dignidad, destruirles la esperanza y la vida. Larraquy había dado sobradas pruebas de su maestría en la escritura periodística como coautor de Galimberti, una excepcional crónica, tan real como negra, de la política argentina de los últimos cincuenta años, y Alonso Cueto posee una obra narrativa, de sólidas dimensiones en todo el mundo hispano, premiada hace cuatro años en Alemania por la Fundación Anna Seghers. Ahora, el periodista y
el novelista coinciden en el tiempo y en sus escrituras al elegir a brujos destructores del tejido de la esperanza como protagonistas esenciales de sus libros. Resulta aterrador comprobar, a través de Larraquy y Cueto –cada uno en su respectivo universo–, que en manos de los brujos el poder se vuelve satánico, en el peor sentido del término: su objetivo único es el crimen organizado, oculto en las sentinas del miedo pero presente, como un aliento maldito, en cada actitud de mando.
Larraquy me llevó personalmente en Buenos Aires a ciertos lugares donde los criminales de la Triple A se habían entrenado para sus fechorías (Martín Prieto me enseñó la tasca-restaurante del mismo nombre) y al sitio donde mataron a José Rucci, en Flores; Alonso Cueto me condujo una madrugada por la selva limeña, en los momentos en que escribía Grandes miradas, hasta recalar en algunas casas usadas por Vladimiro Montesinos en sus manejos diabólicos. De modo que conocí de primera mano estos libros de los dos grandes escritores de nuestros mundos antes de congratularme de su lectura y felicitarlos con admiración por su trabajo, como ahora lo hago. |