Si hay alguien que ha decidido convertir la violencia y sus consecuencias en material que nutra gran parte de su literatura ése es, sin duda, el peruano Alonso Cueto (Lima, 1954). Ya lo hizo en una obra como Grandes Miradas, y vuelve a hacerlo ahora, quizás de manera más tangencial, en La hora azul, con la que obtuvo el último Premio Herralde de novela.
En esta novela, inspirada en un hecho real, Cueto nos cuenta cómo Adrián Ormache, prestigioso abogado limeño, descubre a la muerte de su madre cómo su padre, oficial del ejército ya fallecido, en el tiempo en que estuvo a cargo de un cuartel en la zona de Ayacucho, ordenó sesiones de tortura, violación y ejecución de prisioneros y prisioneras que el ejército iba haciendo entre campesinos que podían ser sospechosos de colaborar con la guerrilla de Sendero Luminoso. Adrián Ormache descubre también que su padre, tras violar a una adolescente llamada Miriam, decidió salvarle la vida y dejarla a su lado, convertida en amante a la fuerza. El hecho de que Miriam huyese y de que permanezca en algún lugar desconocido hace que Adrián, narrador y protagonista en busca del pasado de su padre, decida averiguar dónde se encuentra esa Miriam que acabará convirtiéndose en una obsesión. Esa búsqueda determina el avance argumental de una novela que toma la apariencia de una novela detectivesca.
Pero La hora azul pretende ser mucho más que una novela de intriga. Por un lado, la novela de Cueto da fe de la violencia que sacudió la sociedad peruana entre 1980 y 1992. Sin extenderse en la descripción de los horrores de aquella guerra, Cueto no deja de registrar ni el drama de los desaparecidos ni la sangrienta realidad de las torturas, ese encadenado de “los golpes en la cara, el ruido de los cables en los testículos o en los senos (…), los aullidos detrás de la pared, las colas para las violaciones, la pestilencia de la propia carne” que acaba imponiendo la dictadura de un miedo que se siente como “una cosa con pelos que está en el centro del cuerpo y que desde allí se esparce, algo firme y largo y ancho”.
Y como en una cueva (y ése es otro de los grandes temas de la novela) están también los otros, el resto de la humanidad, incluso los seres más cercanos. Por eso Adrián no conoce apenas nada de su padre. Porque el otro es siempre un extraño para nosotros, alguien que puede estar junto a nosotros aunque la distancia entre el Sol y la Tierra sea menor que la que nos separa de él.
Cueto nos brinda esas brillantes reflexiones y esas inapelables fotografías del horror en una novela que, siendo ambiciosa, resulta desigual en su resolución. A esta novela, en algunos capítulos, la lastran las descripciones, quizá excesivamente minuciosas y costumbristas. También algunas zonas argumentales quedan excesivamente oscuras, poco explicadas (quizá premeditadamente). La relación de Miriam con el padre de Adrián sería una de esas zonas. Tal vez a la novela, hermosa e impactante en muchas de sus páginas, le falta un tiempo de cocción, una menor premura en su resolución. O quizá ha sido este lector quien no ha puesto lo suficiente de su parte para redondear y comprender un personaje de la complejidad y el magnetismo de esa Miriam. Sin duda, invito a conocer a esa Miriam, símbolo de tantas derrotas. En el reto de desentrañar la encarnadura de ese personaje se cimenta el argumento de esta novela y en el éxito de esa tarea el fruto personal e intransferible que cada lector pueda extraer de ella. La hondura de lo tratado por Cueto da para muchas lecturas. Por eso la recomiendo.
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