Entrevistaban a Vargas Llosa en el Colegio San José, en Guadalajara (España). Y Jorge Eduardo Benavides y yo (faltó Leguina: ¡arriba los corazones, Joaquín!) nos preparábamos para oficiar en público, a un lado y a otro del autor de Travesuras de la niña mala, un coloquio más sobre la novela y la historia. Hasta donde estábamos llegaron dos noticias, las dos buenas y consecutivas, que tenían que ver con el Perú actual: la detención en Santiago de Chile de Alberto Fujimori, gracias a que Michelle Bechellet puso el grito en el cielo ante la visita inesperada y poco grata del Chino, y la concesión del Herralde de novela al novelista Alonso Cueto por La hora azul, construida en origen sobre una historia, tan real como oscura y sórdida, que tuvo lugar ¿como su espléndida novela anterior, Grandes miradas? bajo el fujimorato al mando de Vladimiro Montesinos.
Al felicitar por teléfono desde Guadalajara a Cueto por su premio, le dije que me parecía una de las más inteligentes maneras de «entrar editorialmente en España», aunque ya haya publicado algunos de sus libros en Madrid, Barcelona y Valencia. Cueto es un escritor de cuerpo entero, con una bibliografía que revela en su escritura el tatuaje de la disciplina y las cicatrices de su rigor intelectual. La batalla del pasado, Amores de invierno, Cinco para las nueve y otros relatos, Los vestidos de una dama, Pálido cielo ¿todos libros de cuentos, publicados en Lima por el editor Germán Coronado? y las novelas El tigre blanco, Deseo de la noche, El vuelo de la ceniza, Demonio de mediodía, Grandes miradas y ¿segurísimo? La hora azul son títulos que marcan la seriedad y madurez del novelista al que muchos críticos y lectores señalan como el sucesor de Vargas Llosa. Algo de eso hay, es verdad, y para bien.
Le recordé a Alonso Cueto, ante la noticia de la detención de Fujimori en Santiago, la frase de Octavio Paz cuando los electores peruanos decidieron que ?precisamente frente a Fujimori (o tempora! o Fujimores!)? Vargas Llosa no fuera presidente del Perú: «Lo siento por el Perú, me alegro por Vargas Llosa», dijo Paz entonces. Y fue verdad lo que dijo el poeta: ganamos al novelista y perdió el Perú.
Ya en el acto de Guadalajara recordé de viva voz que en una entrevista que le hicimos a Juan Benet en 1974, en Las Palmas de Gran Canaria, el autor de Volverás a Región estalló en improperios contra los novelistas del boom (Cortázar era algo parecido a un vendedor de humo; Cabrera Infante, un cubano que cree que la literatura es un chiste, y Carlos Fuentes, simplemente un politicastro), pero salvó a Vargas Llosa: «Es un profesional digno de todo respeto», me dijo Benet.
Profesional: precisamente el término que no les gustaba a Arguedas ni a Onetti, cada uno en su tono, trágico el indigenista, animus iocandi (hasta el sarcasmo) el de El astillero. Exactamente lo que Benavides dijo en Guadalajara que Vargas Llosa les había demostrado a los jóvenes novelistas de América Latina: que un escritor de hoy no sólo es la posibilidad de una isla sino la fértil hipótesis de un vicioso profesional de la escritura. Tengo para mí que ése es exactamente el caso de Alonso Cueto.
Al final recordé también en mi discurso alcarreño que, mientras el profesional vicioso andaba en los últimos capítulos de la escritura de Pantaleón y las visitadoras, llegué a su casa de la calle Osio, en Sarriá, Barcelona. Vargas Llosa estaba leyendo un libro de ensayos de Juan Benet, La inspiración y el estilo, en la edición de Seix Barral, de cubierta color rosa palo. Entonces le pedí su opinión sobre Benet, de quien yo había intentado leer sin conseguirlo La otra casa de Mazón, que me había regalado Carlos Barral. «Es un escritor muy inteligente, digno de todo respeto».
Muy inteligente: virtud atribuible a ciertos escritores por encima del común de los escribidores. Precisamente la virtud más elocuente de Alonso Cueto, con el que brindarán todos los escritores peruanos dentro de una semanas en Guadalajara (México). Yo lo haré desde aquí, esta vez con pisco peruano.
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