La vida después de la verdad: reflexiones en torno a Pálido cielo y otros relatos de Alonso Cueto
El aburrimiento no es más que la sensación de que la vida transcurre de manera plana, es decir, como una línea recta que se proyecta, irremediablemente, hacia un desenlace perturbador. En los monitores que muestran el desempeño del corazón, lo más temido es la línea recta. Cuando la línea no es irregular, estamos en problemas. Lo ideal es ver que esta tiene leves destellos que significan vida. Así también quisiéramos que se vea el monitor mental que registra el acontecer de todos nuestros días. Una vida sin emociones, pensamos, no es vida. O, en todo caso, como cuando existe una condena a morar en la incertidumbre, es una vida que ruega por ser muerte.
Sin embargo, lo paradójico es que cuando, por fin, nos ocurre algo que nos rescata de la rutina, sentimos miedo y, a veces, incluso terror. Sí, porque lo rutinario es un refugio seguro, cuyas paredes conocemos bien y en cuyos cimientos confiamos. Pero sobre todo, lo cotidiano no supone –en la mayoría de casos al menos– una alteración permanente y perpetua; no deja una huella incómoda que de cuando en cuando hará sentir su presencia. En el fondo somos conscientes que muchas de aquellas experiencias que alteran la rectitud de la línea de nuestra vida dejarán una marca indeleble que, por más que tratemos, no va a desaparecer. A lo más podremos esconderla bajo la alfombra, pero no eliminaremos su existencia. De ahí nuestro miedo y a veces pavor.
He reflexionado acerca de todo esto a raíz de la lectura del libro de cuentos Pálido cielo y otros relatos (Lima: Editorial Norma, 2010) de Alonso Cueto Caballero. Y es que en los relatos que componen este libro vemos cómo distintos tipos de personajes –de hecho la variedad de procedencias y de caracteres de los personajes es una virtud de esta obra– sufren, de pronto y acaso sin desearlo demasiado, una oscilación en la línea recta de sus vidas. Pero decir oscilación es pecar de excesiva moderación; se trata, más bien, de grandes vacilaciones o variaciones que generarán, quizás sin que los personajes sean completamente conscientes de ello, una ruptura esencial: en lo sucesivo ya no serán las mismas personas. Es así que la señora Marta, aquella ama de casa de clase media baja no será la misma tras atreverse a subirse a una patrulla y llegar a una comisaría con tal de que le presten una cocina (también los policías que interactuaron con ella dejarán de ser iguales); tampoco serán los mismos la señora Cruz y su hijo, quien embarazó a la empleada doméstica, la cual ya en el tiempo del relato no es la misma sumisa de antes. Asimismo, quedará una huella imborrable y definitiva en Sandra, la joven indigente a la que le roban su osito de peluche llamado Monky y que, finalmente, parece fundirse con una muñeca de escaparate; el mismo cambio ocurrirá con Pablo, el niño adoptado por doña Virginia (a quien la decisión de cambiar su rutina le trajo sufrimiento, pero al mismo tiempo vida), y con Jorge, el amigo de esta última que encuentra al niño cuando este se escapa. Finalmente, sin duda que el elegante y solitario señor Montes no será más un tipo inquebrantable tras su encuentro con Gabriel, el misterioso niño que se sube a su Volvo y que, se deduce en el relato, acaba de sufrir una vacilación grave en la línea de su vida.
Lo que hace aún más interesantes estos cuentos es el contexto en el que se inscriben. Se trata de los años más álgidos de ese melanoma maligno que casi acaba con el Perú llamado terrorismo, es decir, fines de los ochenta y principios de los noventa. Se cometieron entonces los actos más atroces, como el atentado en la calle Tarata (el cuento Un arcángel llamado Gabriel y el relato central del libro, Pálido cielo, se ubican en esos terribles días de 1992). Como he dicho, en los cuentos que componen este libro vemos el momento crítico en el que la vida de los personajes sufre esa vacilación de la que nunca se recuperarán. Es por ello que no deja de llamar poderosamente la atención que el contexto sea justamente el momento de vacilación acaso más grave que ha tenido la vida del Perú. Nunca más, tras los años de terror, volveremos a ser los mismos. La huella se extenderá por generaciones y, sin duda, por más que se le trate de esconder bajo el tapete, su presencia no podrá disimularse. Así pues, en estos cuentos la conexión que se establece entre los personajes y el contexto está dada por la variación en la línea vital que dejará secuelas irredimibles e irremediables.
Mención especial merece el relato central, es decir, Pálido cielo. Aparte de la reflexión anterior, aquí es imposible no preguntarse si acaso es mejor vivir plena y a veces felizmente ignorando ciertas cosas o, en cambio, es mejor conocerlo todo, así eso signifique rumiar en los linderos de la infelicidad. En otras palabras, ¿es mejor vivir en la burbuja de la ficción o, en cambio, lo es someterse a la realidad, por más cruenta que esta sea? No cabe duda que Luis, el personaje-narrador de Pálido cielo, más de una vez pensó en esto. Enterarse de la militancia en Sendero Luminoso de su hermano y sus padres lo expulsó de pronto del locus amoenus que era el hogar seguro con sus tíos. ¿Hubiese sido mejor no saber y seguir viviendo en plenitud y, acaso, de vez en cuando rozando la felicidad?
Es curioso notar que el descubrimiento de la verdad, la anagnórisis por decirlo en un término clásico, supone uno de esos momentos de vacilación en la línea vital de los que hablé líneas arriba. Y acaso enterarse de una verdad oculta, cuya existencia desconocíamos pero que todo el tiempo estuvo al acecho es la más violenta de las oscilaciones que puede sufrir la línea de la vida. Nada más será igual en adelante, por más que tratemos de maquillarlo, el rostro de la verdad siempre sobresaldrá. Así, para Luis la vida que le espera tras conocer la verdad será más complicada y tal vez por eso, podemos suponer jugando con la ficción, decide escribir su historia (los demonios deben ser exorcizados). Para el Perú tampoco nada es igual tras la barbarie terrorista, también la sociedad avanza con un cuidado que muchas veces se vuelca en una desconfianza extrema.
Siendo tan difícil afrontar la vida tras conocer una verdad escondida, no puede sino adjetivarse de valiente a aquel que, estoicamente, decide echarse a la espalda aquella revelación desestabilizadora y seguir para adelante. El personaje de Luis, por eso, encaja dentro del prototipo del héroe. Él no realiza ninguna acción corajuda que salve alguna vida; él, sencillamente, se traga el sapo de la verdad, su verdad y –aquí lo más difícil– sigue con su vida. Decir sencillamente, no obstante, es injusto: es una labor imposible para muchos sobreponerse a los golpes de la verdad. Uno puede sobreponerse a los de la mentira, que temprano o tarde termina por disolverse en una implosión. Pero la verdad no se destruye nunca y sí, en cambio, puede destruir la vida. Es mentira aquello de que la mentira mata; no, la que mata es la verdad. Por eso es tan común un suicidio luego de conocer una verdad avasalladora.
Resulta, pues, conmovedor escuchar a Luis narrar su historia. Conmovedor y admirable, su relato es el de un sobreviviente. Y no un sobreviviente de los atentados de Sendero, sino del gran atentado contra su vida plena y con visos de felicidad que fue enterarse de la verdad. Admirable es también la capacidad del autor del texto para caracterizar a este joven provinciano que, aún perplejo ante la verdad (la de sus padres y hermano, pero también la de Mariella, la chica que ama en silencio), traza con suma sensibilidad el relato de su vida. Vida todavía en construcción y ahora enfrentada con la realidad.
No es una novedad en la narrativa de Alonso Cueto la presencia de la búsqueda de la verdad. Su última novela, La venganza del silencio, es la peligrosa (para sí mismo, sobre todo) exploración que hace el personaje-narrador –Antonio Hesse– a los más oscuros recovecos de su familia –y, de paso, a la de su chofer– para así poder llegar a la verdad sobre el asesinato de su tío. El mismo patrón se encuentra en la novela La hora azul, merecidamente premiada con el premio Herralde en 2005. Allí, Adrián Ormache, un abogado que lleva una vida sosegada y que también a ratos roza la felicidad, se somete a una búsqueda dolorosa de una verdad que su padre ocultó sin mucho éxito. Y, aunque en apariencia, finalmente vuelve a su vida normal, lo cierto es que nada será igual en adelante.
Estos textos de Cueto incitan al lector a preguntarse si acaso en su vida también hay alguna verdad oculta que, cual bomba de tiempo, amenaza con romper su frágil plenitud. Es inevitable, tras leer Pálido cielo…, no hacer un repaso de la propia vida, investigar en los lugares menos iluminados en búsqueda de alguna verdad que ande merodeando por ahí. Y es que es mérito de la buena literatura hacernos trastabillar, movernos el piso y, finalmente, hacernos reflexionar sobre nuestra propia condición. Felizmente, en medio de estos tiempos de fanatismos teóricos y frivolidad, existen narradores como Alonso Cueto que defienden a capa y espada la buena –y por consiguiente verdadera– literatura.
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