Alonso Cueto, escritor, literato, articulos sobre temas peruanos, relatos, cuentos, teatro, la batalla del pasado, el tigre blanco, los vestidos de una dama, deseo de noche, amores de invierno, el vuelo de la ceniza, cinco para las nueve y otros cuentos, palido cielo, demonio del mediodia, el otro amor de diana abril, encuentro casual, grandes miradas, valses rajes y cortejos, el susurro de la mujer ballena, la hora azul
Pálido cielo
 
Pálido cielo
(Cuentos)
 
Editorial Peisa, 1998
 

Es sintomático que cinco de los ocho libros de Alonso Cueto se hayan publicado en la década del 90: Deseo de noche (1993), Amores de invierno (1994), El vuelo de la ceniza (1995), Cinco para las nueve y otros cuentos (1996) y Pálido cielo (1998), y que sus dos primeros libros se reeditaran también en este mismo periodo: La batalla del pasado en 1996 y Los vestidos de una dama el año pasado.

Si bien esta profusión de obras no constituye un “boom” ni menos es equiparable al desarrollo alcanzado por la prosa en los 60s, nos indica cuando menos cuál es el estado actual de nuestra narrativa y qué nuevos rumbos ha tomado. Este es pues, en primera instancia, el panorama en el que se inscribe la obra de Alonso Cueto.

Alonso Cueto comparte directamente con Fernando Ampuero, Abelardo Sánchez León y Guillermo Niño de Guzmán, e indirectamente con Isaac Goldenberg, el escenario histórico de sus primeras publicaciones (los 80s), la vocación por la renovación estilística y formal del cuento y la novela, el gusto por la expresión de la vida cotidiana, y la exploración sistemática del mundo interior del individuo.

Los críticos reconocen en esta generación el influjo de Ernest Hemingway y Mario Vargas Llosa. Sin embargo, es pertinente afirmar que en Alonso Cueto es posible encontrar además la huella de Henry James, Antón Chejov y Marcel Proust. Cueto ha dicho de James: “Para mí (…) es el escritor más importante de mi vida, el más perfecto de cuantos he leído”. Quizás esta admiración y las enseñanzas tan bien asimiladas de su maestro han convertido a Cueto en un narrador con características muy especiales.

A Cueto, como antes a Henry James, le preocupan la delimitación de las funciones del narrador (es decir, el punto de vista), la densidad de la atmósfera mental, el diseño del relato como una sucesión de acciones y el manejo impecable de la trama y el lenguaje. Todos estos elementos son, por ejemplo, visibles en los cuentos que componen Pálido cielo (Eitorial Peisa, Lima, 1998).

La pasión de este autor por James y su predilección por la literatura norteamericana en general, no desmerecen su originalidad ni le restan valor al ángulo personalísimo que ha desarrollado a partir de la lectura y puesta en práctica de ciertos principios narrativos heredados. A estos principios, Cueto les agrega el cristal con que mira: la penetración sicológica y minuciosa de los personajes (que el lector debe intuir antes que comprobar) y la representación verosímil de la realidad (que no por cotidiana deja de ser trascendente).

Pese a que el autor de Pálido Cielo es un escritor joven y su narrativa no ha terminado de configurarse, algunos estudiosos han esquematizado ya su trabajo creativo. Le han puesto, digamos que prematuramente, un cartabón para estudiarlo. Unos lo califican como autor de “puntuales y escuetas novelas policiales”; otros, como un escritor de “historias breves, ágiles, entendibles y deliberadamente concebidas al margen del monumento literario”; mientras que unos pocos hasta distinguen con gran detalle tres periodos en su itinerario como creador.

Los periodos creativos serían los siguientes: el primero, deudor de James e identificable en El tigre blanco, La batalla del pasado y Los vestidos de una dama; el segundo, tributario de los géneros policial y “negro”, patente en Deseo de noche y El vuelo de la ceniza, y el tercero, expresión del minimalismo a la manera de Raymond Carver. En este último –se dice- se ubicarían Amores de invierno y Pálido cielo. El autor, por su parte, dice que su literatura se divide en una marcada por el estigma del pasado y otra que se ha despojado de él.

Autor o no de historias escuetas, minimalista o n, lo cierto es que Alonso Cueto investiga y construye fragmentos de realidades corrientes e inmediatas. Esta es, confieso, la primera sorpresa que me llevé cuando leí este libro. Sorpresa porque utilizar como materia narrativa hechos al alcance de la mano puede resultar un arma de doble filo. Pero, al parecer, la inmediatez no le pesa a Cueto; al contrario, le sirve como punto de partida. “Realidad, el ángel que me guía”, escribió admonitoriamente el poeta Martín Adán.

En realidad, referentes como el terrorismo, Tarata, los apagones, la crisis política, los titulares amarillos de los diarios, más que ubicarnos espacial o temporalmente en una época concreta del país, le dan sentido a la cotidianidad e intensifican el drama que viven los personajes de las historias.

“Me parece que toda nuestra vida se va en una serie de hechos que nosotros realizamos sin recordar (…) La literatura puede y debe hacernos recordar esos actos aparentemente intrascendentes”, me contestó hace unos meses cuando le pregunté en una entrevista por qué sus historias partían de realidades inmediatas.

Para comprobar esta última afirmación, basta pasar revista a una serie de imágenes presentes en Pálido cielo, todas ellas aparentemente sin sentido: un tipo entra a un café donde una camarera le pide ayuda, un niño pobre se mete en el auto de un oficinista mientras ocurre un apagón, un periodista descubre a unos enanos en un hotel, una gorda fea sufre una decepción amorosa, una mujer mira impasible cómo el amante mata a su marido, un viejo abre la boca sólo para decir “Ojalá”.

Otro elemento destacado del libro es la estructura de los cuentos. Los quince que lo integran tienen la armazón de los cuentos policiales y de misterio> red de intrigas, suspenso creciente, desenlace inesperado. Las acciones, en su mayor parte, están encaminadas a develar, u ocultar en algunos casos, un enigma (los cuentos Lo que me contaron de Cecilia y Pálido cielo son las mejores muestras).

El discurso temporal, a su vez, quiebra la linealidad y construye las historias a partir de episodios cortos, de escenas diminutas, de retazos de realidad contados unas veces por un narrador personaje, y otras veces por un narrador omnisciente que no lo parece, pues la atmósfera mental en la que se insertan los protagonistas nos remite siempre a la subjetividad, al yo disfrazado en tercera persona.

Los personajes de Pálido cielo son pequeños héroes anónimos, marginales que a partir de sucesos aparentemente triviales quieren recobrar su dignidad, su honor o su pasado. No son –como bien dice su creador- prototipos, ni arquetipos ni modelos. Son marginales, casi fantasmas cotidianos, seres ínfimos atenazados por la melancolía, la soledad y los recuerdos. Esta visión, sin duda, nos hace recordar a Julio Ramón Ribeyro.

Creo que los cuentos de este libro tienen aceptación no únicamente por la eficacia de su técnica y su trama, sino también por la calidad de su lenguaje. Alonso Cueto ha redimensionado el postulado de Joseph Conrad –otro aprovechado discípulo de James: “la obra de arte –dice Conrad- debe justificar su existencia en cada línea”. Y efectivamente cada línea de los cuentos de Pálido cielo está trabajada con pulcritud, con asepsia. El lenguaje es, por eso, puntual, contencioso, breve y de gran claridad expositiva. Exhibe asimismo una gran concentración en la descripción de ambientes y en el relato de situaciones.

Cueto narra o describe con trazos rápidos y violentos muchas veces; no se detiene nunca en aquello que no está relacionado con lo que perciben sus personajes. Se trata, desde luego, de un manejo consciente del material y las herramientas con que trabaja, y tal vez por este motivo las emociones del autor están como reprimidas o agazapadas (excepto en Un arcángel llamado Gabriel y en Pálido cielo).

Por todas las razones expuestas, Pálido cielo es a mi modo de ver una de las más importantes contribuciones a la literatura peruana y uno de los libros más representativos del buen momento que atraviesa hoy nuestra narrativa. Al mismo tiempo, es la pista que nos recuerda las futuras satisfacciones que Alonso Cueto le debe todavía a sus impenitentes lectores como nosotros.

La realidad como estigma
Luis Eduardo García
Dominical
Trujillo 23 de mayo de 1999
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Alonso Cueto Caballero
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