Una reflexión debe anteceder la lectura de El susurro de la mujer ballena, una opinión contraria al más popular de los subgéneros novelísticos en la actualidad, la novela histórica. El novelista que se refugia en la Historia reniega del presente, sustituye el placer de la invención por el de la recreación y da por sentado que el principal valor estético es el reencuentro y la fascinación por un esplendoroso pasado. Por otra parte, el arte de la ficción obliga a elegir siempre entre la verdad y la verosimilitud, que no es lo mismo que la falsa veracidad que pretenden esos vislumbres de épocas lejanas. Alonso Cueto tiene el valor, por el contrario, de aplicar su ejercicio creativo a la edificación del presente. Y debe ser reconocido el riesgo, porque el creador se bate cuerpo a cuerpo con la imagen y la palabra en su empeño por forjar una versión original de la realidad, sin el beneficio del documentalismo y la tradición.
La historia de El susurro de la mujer ballena nos habla de una mujer, periodista, cuya vida transcurre entre los encargos del periódico peruano para el que trabaja, la rutinaria existencia familiar -de la que la salva su hijo- y los encuentros esporádicos con un amante. Esa realidad precaria e insuficiente amenaza con la fractura y el derrumbamiento desde que la protagonista se encuentra con una antigua compañera de estudios, obsesionada, compulsiva e inmensamente gorda. ¿Azar o destino? La presencia de esa reencarnación de la adolescencia de la protagonista le sirve a Cueto para enfrentar dos trayectorias y repasar alguna de las obsesiones que identifican nuestro insoslayable presente, perturbador, desvalorizado y, a menudo, poco interesante.
Para el narrador peruano, el mundo aparece poblado de seres a los que identifica la liviandad, la insoportable levedad o inconsistencia del éxito personal, de la imagen que proyecta el cuerpo que habitamos. Sin ambiciones que nos procuren una vida más intensa, deambulamos por el laberinto-mundo a la espera de calmar nuestra ansiedad. De entre las angustias, ninguna tan punzante e insoportable como la de la soledad; la soledad es el fracaso, y el odio, un reducto preferible a la indiferencia. Para Cueto, el presente es una realidad que deseamos atenuada y lánguida; Lima o Nueva York son escenarios globalizados, es decir, impersonales. Y trivializamos la existencia para que nos duela menos, como un sentimiento de lejana nostalgia. |