El peruano Alonso Cueto (1954) nos viene murmurando hace rato su buena literatura.
En vez de los gritos faranduleros de narradores taquilleros, Cueto con calma nos ha estado inoculando una narrativa de excelencia que, por si no bastara, ha sido refrendada con premios que no son de peso pluma:
el Herralde de Novela el 2005 y finalista del premio Planeta-Casamérica el 2007 con el libro “El susurro de la mujer ballena”, entre otros galardones. Una novela suya ha sido llevada al cine, y desde 1983 ha escrito más de una docena de libros, entre novelas y colecciones de cuentos. Sin embargo, su conocimiento por el público chileno ha sido discreto. Pero ahondar en esas razones hay que dejárselas a los analistas del mundo editorial.
El año pasado, Cueto, que proviene de la generación post Vargas Llosa, publicó “El susurro de la mujer ballena”, un texto en el que el peruano depuró todas sus obsesiones, y las destiló preciosamente en una historia rotunda y brutalmente bien contada: Verónica es una exitosa periodista de internacionales en un diario limeño. Vive en un exclusivo barrio de la capital peruana con un marido que la ama pero que ella está empezando a despreciar, un hijo al que idolatra y un montón de comodidades que hacen de su vida una ida y vuelta entre el diario, el gimnasio, su casa y el departamento de su amante, un dandy de mentira que la llama cuando su catálogo de mujeres está haciendo agua.
Pero todo equilibrio es precario, y la inestabilidad se hace presente en la inmensa figura de Verónica, una gorda tremenda que irrumpe como elefante en joyería en la apacible vida de Verónica. La obesa mujer es un recuerdo del pasado, una venganza que se ha demorado 25 años en llegar a poner en jaque al remanso que era (y no volverá a ser) la existencia de la periodista. La ballena se llama Rebeca, y fue la amiga secreta de Verónica en el colegio. Secreta, pues todos humillaban a la niñota de 120 kilos, y que en el fondo avergonzaba a la futura reportera. Fueron amigas, hasta que un hecho rompió esa amistad nada común. Y ahora Rebeca (que es millonaria por herencia) viene a cobrarse; con angustia, vergüenza y pena, pero viene a cobrarse.
La novela retendrá las obsesiones de Cueto: la clase alta limeña, el colegio, las relaciones filiales, el regreso del pasado, el encuentro entre dos mundos y el choque de visiones distintas.
Porque en Cueto es el encuentro (o desencuentro) la obsesión de sus obsesiones. Si en la “Hora azul” (2005) ese encuentro estaba dado por el choque entre un abogado que descubre que su padre militar había abusado de una mujer en la selva peruana, en plena lucha contra Sendero Luminoso, en la novela “El vuelo de la ceniza” (1995), ese elemento lo daba el acercamiento entre un médico distinguido y el mundo nocturno al que descendía para ajusticiar prostitutas, en venganza por la muerte de su padre, que pereció en la cama con una chica de la noche.
En “El susurro de la mujer ballena” el encuentro ya es obvio. Verónica y su vida ejemplar, con esta Rebeca (a la que le decían Rebaca en el colegio) que, llena de odio y frustración, viene a hacer justicia, y uno se la imagina corriendo por Lima con un cuchillo en la mano gritando: “Sacrifico humano, sacrificio humano”. Y es que hay algo de ritual y religioso en este personaje: tiene una cartera con una pistola que acaricia con amor cada vez que puede, se pinta la cara como payaso, usa unos vestidos colorinches, tararea música clásica y escucha a Maria Callas en la soledad de su departamento despoblado.
Mientras Rebeca se acerca más a Verónica, ésta se aleja cada vez más de su familia; inclina la balanza hacia su amante, visita a su padre con mayor frecuencia (antes casi no lo veía), y en el trabajo anda perturbada. A mayor cercanía de la ballena, mayor distanciamiento de Verónica con los que eran los más cercanos, y mayor su interés por los que antes eran secundarios en su escenario vital.
En el fondo, hay un juego de dobles, un reflejo macabro, pues en ese ajedrez que juegan Verónica y Rebeca, las dos parecen mirarse en un espejo que les devuelve la mirada ominosa de la diferencia. Una ve la gordura a la que no quiere llegar y que representa todo lo decadente que puede llegar a ser una persona (sus horas en el gimnasio no son pocas), pero también la indefensión, tristeza y anonimato más absoluto. La otra percibe una vida en apariencia perfecta, a la que sabe jamás podrá aspirar; sin embargo, mira además una tipo de existencia a la que podría haber optado si en el colegio las cosas hubiesen sido distintas. Pero hay más: Verónica estudió periodismo porque Rebeca le enseño el mundo de los libros, y Rebeca consideró a Verónica la hermana que nunca tuvo.
La novela se narra con una calma que esconde el tremendo volcán que hay debajo. La prosa es deliberadamente distanciada, como para detener lo que podría ser un terremoto grado 7. Sólo contando en sordina es posible aguantar el peso de una historia que de otra manera puede derrumbarse. La novela describe exquisitamente el mundo de la clase alta limeña, pinta de manera rotunda el mundo de una mujer exitosa, y muestra brutalmente la soledad, la tristeza, rabia, desesperación, frustración y olvido al que puede llegar una vida como la de Rebeca.
Cueto no escribe. Cueto muestra. En vez de leer párrafos, uno mira la sucesión de hechos, las habitaciones burguesas, los cócteles en el diario, los restoranes limeños, las frívolas conversaciones entre las mujeres en el gimnasio, la lascivia de los editores que están a la siga de las periodistas jóvenes. Fue Hemingway quien dijo que no había que describir, sino mostrar. Cueto, sin parecerse mucho a Hemingway pero debiéndole demasiado, logra aquello. El peruano, deudor de Carver, Vargas Llosa, Cheever y Henry James, entre otros autores, hace una mezcla con diálogos, monólogos interiores, descripciones y apreciaciones y nos larga párrafos rotundos, que ya se lo quisieran muchos narradores de estos lados, que no por mucho madrugar escribirán mejor.
Por lo pronto, hay que esperar que Cueto nos siga susurrando sus novelas y cuentos, pues si a alguien se le había olvidado que la literatura es, además de inteligencia, además de conmoción y fuerza y poesía, entretención, que lea al peruano, para que recuerde la frase del escritor Isaac Babel: “Ningún hierro puede penetrar en el corazón con tanta fuerza como un punto colocado en el sitio preciso”. |