Luego de ganar el premio Herralde de Novela 2005, con La hora azul, o la beca Guggenheim, Alonso Cueto (1954) puede terminar convirtiéndose en el más importante escritor peruano activo, categoría que, dentro de su país, algunos ya le otorgan. Esta celebridad ha permitido, por lo menos, que sus libros poco a poco comiencen a circular. Entre ellos, nos llega El vuelo de la ceniza, novela original de 1995, reeditada por Seix Barral.
El vuelo de la ceniza es una novela negra con todas las de la ley. Cueto no tiene problemas en trasladar aquel Los Angeles de Raymond Chandler a Lima, ciudad que bajo su mirada funciona incluso mejor como escenario de decadencia, corrupción y fracaso. La diferencia social entre los barrios limeños, la suciedad del centro, los atochamientos de autos, la sensación de soledad que llega con la noche y, sobre todo, el constante cielo gris, como polvo de ceniza -de ahí el título- configuran una atmósfera opresiva, solitaria y final, muy adecuada para contar la historia de Antonio Gómez, ex coronel de la policía, hoy dedicado a detective privado, que comienza a investigar el asesinato de la hermana de Sonia, una mujer bella, sensual y, como corresponde, algo jabonosa.
Es cierto que la historia es algo tópica, como está de moda decir ahora, algo recurrida; sin embargo, también puede leerse como un ingrediente inalienable del género, que Cueto incluye para, en verdad, darse libertad en otros aspectos. Nombraremos dos.
Uno. Cueto utiliza un narrador en tercera persona, en lugar de la habitual primera del género, lo que le permite extenderse en la acción y la mirada del antagonista de Gómez, el médico Boris Gelman, un hombre de familia pudiente, muy conservador, pero que bajo su recatada apariencia es un sicópata de tipo fascista, a lo Patrick Bateman, de American Psycho, o con reminiscencias a From hell, la monumental novela gráfica de Alan Moore sobre Jack El Destripador. Hay que decir, sin embargo, que el retrato de Gelman funciona mejor como comentario social, crítico, que como presencia demoníaca o retrato metafísico del mal, donde los ejemplos citados, tal como tantos otros, llegan más lejos.
Dos. Donde Cueto sí se muestra arriesgado y desafiante es en el estilo. A diferencia de un realista más decimonónico como Vargas Llosa, Cueto recurre a la oración corta, muy escueta y sin vueltas, en la línea habitual de la novela negra. Sin embargo, y he aquí el interés, sobre la base del fraseo simple y directo, se las arregla para despegar el lenguaje de cualquier sombra avara o telegráfica, para tomarse licencias poéticas de una respetable ambición, que nunca enturbian o hermetizan lo dicho, sino que lo hacen reverberar. Por ejemplo: "En el asiento del taxi, Boris da un nuevo salto. Están en el malecón, junto a varios montones de maleza. El aire líquido se confunde con el vacío del mar. Las luces del micro que avanza en dirección contraria le hacen un guiño". Contar con agilidad y máxima economía, y al mismo tiempo utilizar un lenguaje rico, denso, metafórico, que no peque de ostentoso, sino que se muestre como otra forma de ser justo y preciso, no es una ecuación sencilla, y en este terreno Cueto obtiene sus mejores logros. De hecho, al terminar El vuelo de la ceniza se tiene la sensación de que la novela no es más que una excusa, un buen divertimiento, para llevar adelante este desafío estilístico.